Desde que recogimos a María y Nico, llevamos tres días recorriendo las islas Eolias, que no están haciendo honor a su nombre, pues no pasa una brizna de aire, y navegamos a motor sobre un mar que parece una balsa de aceite. La única ventaja es que los fondeos son espectaculares por sus paisajes y además muy tranquilos, pues los barcos ni siquiera bornean.


El único inconveniente es que los fondos suelen ser de roca, por lo que utilizamos habitualmente el «orinque» que hemos personalizado y bautizado como «Wilson».

Hemos estado de cala en cala, viendo puestas de sol de película. La primera en Lípari, en la que por la noche escuchamos un estruendo y resultó ser un desprendimiento de rocas en la playa donde nos encontrábamos fondeados. Al día siguiente a Filicudi, una de las islas menos turísticas y muy auténtica.


Al otro, Alicudi, la isla más salvaje del archipiélago, el pueblo parece que trepa sobre la montaña, son solo 50 habitantes y se mueven caminando o en burro, y para transportar agua o mercancías pesadas, usan helicóptero. Allí compramos olivas y atún rojo a unos lugareños, mientras tomábamos unas cervezas en casa de Conccetta, con unas vistas privilegiadas.

Al día siguiente, un amigo de Nico, que tiene viñedos en Salina, y hace uno de los mejores vinos de la isla, nos ha invitado a cenar, así que pisaremos puerto pue estamos como conserva en salazón después de varios días de agua de mar.
Día 49: Nos despertamos en puerto, lo que es sinónimo de higiene, duchas y lavabos decentes. Después de cargar agua en depósitos, nuestro destino es Panarea, pero no la isla, sino Lisca Bianca, un pequeño islote que surge del mar y de cuyo fondo, haciendo snorkel puedes ver como salen torbellinos de gases de azufre, que son aguas termales submarinas.

Por la tarde decidimos seguir hacia Stromboli, por supuesto todo a motor, pues el viento ni está ni se le espera. Mañana ya en Stromboli, haremos la pospuesta subida al volcán.

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