Día 35: Madrugamos pues hemos sacado billetes para el ferry que sale a las 7,30 a.m. En cuarenta minutos, nos plantamos en el puerto de Nápoles. Nuestro destino, Pompeya, pero como nos gusta la aventura, lo vamos ha hacer en transporte público.
Pues nada, después de varias estaciones de metro llegamos a la estación central donde cogeremos el tren a Pompeya. Para nuestra sorpresa el andén se ve bastante lleno. Nos lo tomamos con calma, debe ser normal. Aun faltan 10 minutos para que llegue el tren, y lo que antes era gente, ahora es multitud y no augura nada bueno.
Llega el tren y toda la turba de gente impaciente, confusa y sudorosa entra en tromba por las puertas recién abiertas como una manada de ñus, por lo que nos vemos arrastrados por esta marea humana a un cubículo de 2×2 m.a una presión de tres mil atmósferas. Ya no somos personas, si no una masa uniforme de carne y sudor que se mueve entre frenazo y frenazo del tren del terror.

Tememos que cuando abran las puertas saldremos eyectados por la presión, a una velocidad considerable quedando nuestros cuerpos sepultados en el andén por una avalancha de insensatos, que como nosotros, se dirigen a Pompeya sin pensar en las consecuencias. Tras veinte minutos de pesadilla, llegamos a destino y por supuesto, todos íbamos allí. Esa multitud con la que viajábamos se ve incrementada en la entrada del recinto por numerosos grupos que van en manada, con el típico guía del paraguas rojo o amarillo, según grupo o idioma. ¡ Que maravilla, que más se puede pedir! ¡Todos unidos a ver ruinas y pedruscos! Y así es. Riadas de gente arriba y abajo, bajo un sol de justicia, viendo la casa de Augusto, de Trajano, de Julio Magno, de Cayo Aurelio, y de la madre que…. Con dos horitas, tuvimos bastante, y como somos masocas, pues venga!! ahora nos vamos a visitar Nápoles.


Su casco antiguo es caótico, lleno de colorido, de pequeños altares, de placitas y calles que descubrir, por supuesto lleno de gente que como nosotros quieren ver el Barrio Español, el Duomo, y la calle de la pintura de Maradona, total, nos pateamos 14 km y volvimos descuajeringados a Procida en otro ferry, donde nos esperaba la paz de nuestro pequeño hogar flotante.
Después de tan grata experiencia, que marcará un antes y un después en nuestra epopeya, decidimos que ya hemos visto suficiente, y mañana nos vamos del puerto extra caro a fondear a una cala donde pasaremos el día recuperándonos.



Mucho relax y Sergio en su magnificencia nos invita a un gran ágape de despedida. Mañana lo acompañaremos al aeropuerto.


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