Día 30: Seguimos en Ponza, pues la paella prometida espera su ejecución en las maestras manos del chef Kirki, que fue expulsado de Master Chef ya en el casting. Tras una exquisita elaboración entre baño y baño, el resultado es una fusión entre arroz caldoso y paella poncina, pero muy buena.

Damos buena cuenta de ella, y tras una merecida siesta nos acercamos al pueblo, pues parece que están de fiestas. Solo bajar de la dingui somos engullidos por una multitud devota, que va en procesión paseando un santo «San Ponzoño» entre rezos, extraños cánticos y música de orquestina un tanto desafinada. Como nuestra devoción tiene un límite, nos retiramos a nuestros aposentos náuticos. Mañana partiremos a Ventotene, una isla volcánica, que promete mucho.

Día 31: Antes de salir hacia Ventotene, nos acercamos con la Dingui a una zona delante de la gasolinera, ya que vamos con bidones para repostar. Insensatos de nosotros, nos vamos a tomar un «macchiato» y un croisant y a la vuelta, nos encontramos a una pareja de la guardia costera esperándonos y no con pinta de desearnos una buena navegación. Resultado: Multa de 350€ por dejar la dingui en una zona prohibida, donde no hay ninguna señal indicándolo. Después de ruegos, papeles del barco, papeles del capitán, seguro del barco, de la dingui y del motor y una hora perdida, no conseguimos nada y les amenazamos que tendrán noticias de nuestros abogados. ¡¡¡Nacho, ve calentado que entras!!! Total, vuelta al barco y sin gasolina.
Vamos, vamos, que nos vamos !!!! Nada más lejos de la realidad. Nuestras amigas las boyas nos tienen reservada una última sorpresa: Al subir el ancla, vemos que se resiste, como el agua está muy transparente, observamos que el ancla se ha liado con la cadena de una boya. Hay que bajar a desenrollarla, y como solo está a 3 m de profundidad, el capitán con su destreza y pericia en trabajos submarinos, lo soluciona con extraña habilidad.
Al fin zarpamos en una travesía que se adivina tranquila y con poco viento, pero ¿Quien tiene prisa?


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