Día 29: El capitán y su experta tripulación duermen plácidamente tras su llegada a la isla de Palmarola, muy cercana a Ponza, esperando el nuevo día. Son las 8 am y con una exactitud de reloj suizo, el capitán se levanta y otea el horizonte. ¡¡Rayos, truenos y centellas!! exclama con estupefacción. Los barcos que avistamos se han multiplicado por dos.Hay que tomar una decisión ante tal aglomeración y partimos raudos y veloces esperando que nadie nos siguiera hacia la cala más bonita de la isla según Navily (aplicación naútica para encontrar puertos y fondeos) Total, son las 9 y habrá poca gente.

En 30 minutos ya estamos allí y la verdad es que la cala merece el calificativo, con una gran pared vertical de piedra blanca y un pequeño islote de forma alargada y afilado como un cuchillo que te da protección de todos los vientos. Echamos ancla y nos acompañan 6 barcos mas, que habrán pasado la noche aquí. Nos parece un numero razonable.

Como no hay nada que hacer, con el oficial de segunda recién ascendido, la almiranta y yo, nos vamos de expedición con la dingui a colonizar las tierras de Garibaldi. Accedemos a una cala brutal ,plantamos nuestro estandarte, baño de rigor y vuelta a la nave nodriza.
Ya cuando nos dirigimos hacia el barco, intuimos la tragedia. Hemos sido colonizados por una flota de Gomonas, lanchas, botes de alquiler, barcos turísticos que pasan vociferando por sus altavoces, flotadores gigantes con forma de unicornios, veleros, veleritos y velerotes. Solo Faltaba Noe con su arca.
Aquello era la invasión de los Ultracuerpos. A 2 metros a nuestro babor teníamos a 2 lanchas abarloadas con una música infernal, auténticos cetáceos lanzándose en bomba tan próximos a nosotros que temíamos que alguno cayera en nuestra cubierta. Niños lanzando alaridos que ni Tarzán en sus mejores épocas y por supuesto todo tipo de juguetes nauticos flotando a nuestro alrededor.Este espeluznante espectáculo se repetía por proa, popa, babor y estribor. Toda la cala había sido parasitada por estas ordas italonautas. Con mucha precaución conseguimos levar ancla, motor y avante toda, dirección Ponza en busca de un poco de tranquilidad. Fondeamos delante del puerto en una ensenada muy tranquila con 3 barcos más y a un tiro de piedra del pueblo. Toca visita de rigor, unos bebedizos y cena en el barco.

Decidimos que mañana haremos paella pues hay pescadores que venden el genero desde la barca. Más fresco imposible.


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